Archivo de la categoría: Musicas

En espiral

Antes que la oscuridad

nos trague de verdad

intimidad y brillantez

me pides que escriba

algo mas de amor.

 

Y en ese mirar

la tempestad.

 

Enero tiene un sol

que allá en los valles

te puede despellejar

y entre sus llamas

se esconde esta verdad.

 

Y en su despertar

aves del sol.

 

Despide toda esa larva

que está carcomiendote

que entre las sombras

de aquel incendio

se distingue la soledad.

 

Algo va a cambiar

en espiral.

 

 

 

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Sentencia de blues

El calor
De la válvula
La furia desatada
Y los nervios desnudos.

Una voz
A punto de quebrar
Se revuelca en un blues
Y surge silente entre las cuerdas.

La finitud
Es propio de aquel
Que no ama a epidermis cierta
Se desespera y arremete desde el inicio.

Recortes
De una compleja unión
Fragmentada sonoridad del acero armonioso
Tirante y estirado por la mano que supo acariciar en su debido tiempo.

Infinito y cuesta abajo
Cuando el final se anuncia entre tantas pompas
El principio del retorno o de lo nuevo pareciera ser entre bombas
Tantas cosas en la garganta y el lenguaje que no basta para gritar como es debido pero vaya más tirante hasta desprenderse del cuerpo el acero armonioso y la mano que no sostiene la crueldad del espacio y el tiempo demandado por un egoísmo impuro y aquí se escapa; y el otra vez. El otra vez no lo sé relatar  nuevamente.

Pero el final
es un golpe seco,
el redoblante no redobla, sentencia.

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Tango riñador

El gallo andaba

Como nervioso

Ya era de noche

Poner atención

Era la clave existencial

Cantar o pelear a la hora

En que la lucidez

Toda temblorosa

Decide descansar

Tango anochecido.

 

Antes debía cantar

El dueño de casa

El que da de comer

Sentado en frágil silla

Sobre la calle tierra misma

Vino de quirquincha

Triste, caliente y bella voz

Garguero tembleque

Disputa de gallo

Tango de barrio pobre.

 

Ella sonaba

Entre sus maderas

Humedecidas, avejentadas,

La otra igual, sólo que recalentaba

Un poco de arroz

El queso te lo debo

El amor te lo exagero

Los hijos lagrimean

El silencio tristón

Tango de recuerdos.

 

El mate calentito

Recuerdo que llora

Que recuerda triste

Lo lejano que está

Su barrio porteño

El sur del alma,

Lluvia de asfalto,

Entre riñas, changas,

Y patas cansadas,

Un tango de sangre.

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Rostro’e tango

Su rostro

se parece

a un vinilo,

en cada surco

hay una profundidad

donde nace una canción.

 

Las siestas

donde dormiría

se puso a contar

cada oculta historia

como el polaco quemando

los poemas sobre válvulas.

 

Una noche

se pareció

a un cuervo

picando venas,

transformando ojos

y dando graznidos en calma.

 

Su rostro

difuminado

en la página

del pronto pasado

donde buscó volar

entre sus canciones.

 

Cantor de tangos

hierve su voz

hecha de lamento

de fernet puro con cinzano

con el abrojito prendido,

hasta en su manera de toser

trabajó

para no renguear en el pasado.

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Paisaje eléctrico (Parte I)

Se escapa el humo de la pava, la ventana cerrada lo mantiene adentro. El vapor empieza a abombar como cada palabra perdida entre otras palabras similares y rimando.

Como quien se arrima al abismo para observar una profundidad que no experimentará, me afinco en el borde de la cama. Bajo un pie, luego el otro y simplemente avanzo.

Fue pasajero el buen humor. Y la canción mucho más breve. Como siempre recurro a mi viejo café, preparado tan mañosamente como cada palabra que se elige no escribir.

La taza recae firme e hirviendo sobre una mesa de iguales circunstancias. La cerámica mantiene lo que en mis ojos pareciera un abismo que no indagué por distraído. Pensando en la vejez, eso que rodea a la mirada.

Y mis pensamientos aparecen de a poco, y me escupen en la cara que es mucho más importante, lo que esa ventana cerrada, el pensar la vejez, la maña puesta en el café, el abismo y su profundidad, todo eso que no dejan pasar.

Como esas palabras que debo escribir, las personas una por una y la calle; de fondo Bitches Brew. Prefiero creer que así es, si no es así, quemame fuego estúpido. El frío, el calor y la ventana empañada como palabras dichas torpemente.

Un pajarito me cantó un bolero que la nombraba implícitamente, como a lo largo de varios poemas la nombro. Escucho su taconear descalzo sobre el parqué, me calmo, ya no está en huelga el pecho.

Me calzo las ojotas, me aferro a las ganas y salgo. El airecito entre suave y fétido me cachetea los pies, licenciado ya en vagos movimientos, me perdono la palabra escrita y muda, y me paro sobre el abismo.

Antes una pared que refleja un movimiento. Luego el abismo, luego la palabra, luego todo va para después, incluso la poesía. De nuevo, resuelvo el abismo de frente.

Bajo un pie, luego el otro, la caída es sólo una sensación, el golpe es mucho más perceptible, el dolor es directamente real. Examino las profundidades: tanto horror como tanta belleza. Como las palabras del poeta.

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Paisaje eléctrico (Parte II)

En las paredes hay figuras que continúan en movimiento.

Los caminos sin gente alargándolos, son líneas abstractas en el mapa de este o cualquier otro mundo.

Un sorbo de algún scotch en una noche con mucha niebla. Scotch que creo se lo robé a mi viejo, que a su vez le regaló alguien en una especie de ataque o de ingenuo agradecimiento.

Veo cabezas inclinándose ante lo obligado, y otras chocándose para que termine de parir una idea prefijada, para dar una lucha febril pero ineficaz.

Si las emociones te asaltan como una fugaz inspiración, déjalas que te absorban, tal vez te guste la vuelta.

Las colillas de los puchos, eso que te frena, están todas amontonadas; adquieren formas inexactas, hasta humanizarse y te sorprenden en tu putrefacción mental.

Situación: tu pulmón contraído y pudriéndose, y a vos ni te importa.

Las escenas se repiten sin hablar, sin sonido alguno, en dos colores pasteles, tediosos, intimidantes, asesinos.

De un momento a otro anterior. Se corta la magia, se percibe lo que no vendrá y ya nada te sorprende.

Ya no dejas que nada te sorprenda, ni tus palabras y su estaticidad, su anestesiada voluntad. Ni tus labios que se contornean en ellas, dándoles la muerte como espejo.

Aquellos colores pasteles, aquella canción “Blue in green”, quien sabe que se despertará cuando finalice la verdad sin ser dicha.

La verdad, nunca es una, tampoco son tantas, te insensibilizan y pierdes registro del humo original. Todas duelen, porque, tuya o de otro ser, todas conducen como la electricidad, como el amor, como escribir, como componer una canción.

Situación: la lluvia cae aunque el sol esté saliendo, sucede, sorprende.

Te devuelven con una tediosa paz, sales corriendo, huyendo hacia el lugar inseguro, a pelearte con la orilla del mar.

Cuando en el medio del mar te preguntas que haces ahí, te cuestionas tu propia mierda, la dejas salir, y tu olor te lleva al fuego inicial.

Te caes, diagramas como levantarte, tienes sexo con cuerpos calientes, cabezas vaciadas por uno mismo, bocas en silencio, nada para ver, risas falseadas o tal vez dibujadas con tus falsas alegrías.

Situación: miras desprejuiciado, te gusta lo visto y lo sentido.

Te levantas y otra vez a correr hacia el mar, desnudar el nervio, tirarse piedras en la fuente sin agua, en el mar eléctrico de estar. De estar en movimiento.

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Un sol eterno

Tanto es el silencio que me inunda
Es tal vez la tristeza un tanto mas profunda
Que solo su música, su poesía,
su humanidad convertida en un sol eterno
me increpan en este instante.

Y su amor a lo largo de estos años
sus años, tus años y mis años.
Muerte y tiempo preguntándose aún
porque fueron vencidos.

Así que solo queda una lección de vida:
“Y deberás amar, amar hasta morir”
Tal como él ya lo hizo.

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